Mi antigua caja de zapatos

Antes me lo pasaba muy bien en esta caja de zapatos de mi madre, pero un día desapareció y ahora tengo otra mucho más grande con un agujero. Aunque mis padres tienen buena voluntad para hacerme juguetes sin gastar dinero, yo me doy cuenta de que a veces les quedan un poco cutres. A pesar de todo, juego de vez en cuando con esos zarrios que me ponen delante y así dejo contenta a esta gente.

Otros juguetes

Las manos y las cámaras de fotos también son juguetes divertidos. Por eso los ataco en cuanto los veo.

RATICA COMIENDO

¿A que parezco una ratica en esta afoto?

Era el 15 de junio y yo sólo tenía mes y medio. Como verás sólo tenía cabeza y orejas, pero para mi madre siempre he sido el más guapo de Pina y de la redolada.

Entonces me gustaban las latas de comida esas de morro, pero ahora que ya soy mayor sólo me gusta el pienso y la comida de mis padres, especialmente las tapas de los yogures y los envoltorios de los helados. ¡Qué pena que me den tan pocas veces! Me tendré que portar mejor y arañar menos a mi madre, a ver si así me dan más.

Mis primeros juguetes

... fueron papeles arrugados que me daba mi madre -y que me flipaban, por cierto- y una bolsa de tela que llené de pelos de tanto jugar y que creo que tiraron a la basura. Desde luego, eran juguetes de pobre, pero poco a poco mis padres se fueron luciendo en sus regalos:
La bola roja
que colgaba
del rascador
desapareció
al tercer día...
Me comí la
cuerda que
la sujetaba.












¿Cómo puede decir que es un bandido?

... os preguntaréis viendo esta foto:
Pues mirad esta prueba de mis hazañas:
Y es que cuando quiero jugar me encenego y no hay manera de pararme... saco uñas, dientes y todo mi arsenal gatuno.

Mi segundo día en Pina



El segundo día ya empecé a coger costumbres que se mantienen todavía hoy entre mis aficiones. En esta imagen se ve como las zapatillas -sean de vaca o rojas o sandalias de todo tipo, pero sobre todo con cuerdas- me empezaban a atraer desde que era como una rata.

El día que llegué a Pina

El día que llegué a Pina era muy pequeño. Era tan poca cosa que ni nombre tenía.

Viajé primero a Zaragoza desde Perdiguera y luego mi madre me trajo a Pina en su coche.

En Zaragoza oí que la gente hablaba de mí por la calle y asomaban sus cabezones a la jaula esa en la que me habían metido.

Como estaba muy cansado de tanto viaje, por la noche me dormía en todos los sitios, hasta en el hombro de mi padre, al que acababa de conocer, por cierto. Desde entonces me encanta chuparle el cuello.

Él no tuvo ninguna duda al elegir mi nombre. No podía llamarme de otra manera: siendo yo negro, monegrino, fan del "Comando" y un bandido... reunía todos los requisitos, así que el primer día ya me convertí en Cucaracha.